HISTORIA
A principios de siglo XX, el maestro de
escuela ruso Konstantin Eduardovisch Tsiolkovski (1857–1935) era considerado
como un excéntrico cuyas teorías apenas tenían relación con la realidad. Sin
embargo, la era espacial había nacido en la humilde morada que habitaba ese
maestro, por lo que fue llamado el “padre de la astro-náutica”.


Aunque jamás lanzó un cohete, las
contribuciones de Tsiolkovsky a la ciencia de la navegación espacial fueron inconmensurables. Ya en 1883 expuso los principios que permiten el desplazamiento
de un cohete en el vacío, y en “Sueños de la Tierra y el Cielo”, publicado en
Moscú en 1895, enunció las posibilidades de un satélite espacial.
Más tarde, en 1903, comenzó a publicar
por capítulos su libro “Exploración del espacio interplanetario mediante
aparatos a reacción” que sentó la teoría del vuelo de los cohetes y las
perspectivas de la navegación espacial. La contribución principal de
Tsiolkovski consistió en recomendar la utilización de propulsores líquidos, que
además de permitir prestaciones mejores que los sólidos, podrían controlarse
con mayor facilidad tras la ignición.
Consideró la posibilidad de controlar el
vuelo de los cohetes en el exterior de la atmósfera mediante aletas situadas
tras la tobera, o mediante la inclinación de la propia tobera. Apuntó la
posibilidad de emplear combustibles de distintos tipos, como gasolina,
queroseno, alcohol y metano; ideó diversos métodos para regular el flujo de los
propulsores de la cámara de combustión, con la utilización de válvulas mezcladoras
y recomendó la refrigeración de la cámara de combustión y de la tobera mediante
el paso de uno de los líquidos a través de una camisa de doble pared. En sus
primeros diseños de cabinas para naves espaciales tuvo presente las necesidades
de los organismos vivientes, e incluyó dispositivos para absorber el dióxido de
carbono y los olores; por otra parte, reconoció la importancia de que la
tripulación se mantuviera en posición tendida, con la espalda apoyada sobre los
motores, durante los momentos de aceleración.

El problema de la aceleración en
el vuelo en cohetes le preocupó de tal modo que incluso recomendó la inmersión
de los pasajeros en un líquido de densidad igual a la del cuerpo humano.
Propuso también la construcción de naves espaciales de doble pared, para conseguir protección suficiente
frente al calentamiento y enfriamiento excesivos, y como medida de precaución
ante la posibilidad de que un meteorito atravesara la pared exterior de la
aeronave. Por otra parte, Tsiolkovski aconsejó aprovechar el oxígeno líquido de
los depósitos de combustible para suministrar oxígeno gaseoso a la cabina
presurizada, y también predijo que un hombre protegido por un traje espacial y
sujeto por una especie de cadena podría salir al exterior de la nave y permanecer
en el vacío.
En 1909 el norteamericano Dr. Robert H.
Goddard acometió una amplia investigación teórica sobre la dinámica de cohetes.
Tres años después midió el empuje de un cohete de combustible solido encendido
en el interior de una cámara de vacio, con la que probo la posibilidad de que
los cohetes funcionaran en el espacio exterior.


Los trabajos posteriores del Dr. Goddard
se orientaron al diseño de un cohete sonda práctico que permitiera obtener
datos de las capas superiores de la atmósfera fuera del alcance de los aviones
y globos sonda. Como Tsiolkovski, reconoció además las enormes posibilidades de
los cohetes de combustible líquido. Su determinación le valdría un lugar
imperecedero en la historia: el 16 de marzo de 1926 consiguió lanzar, en Auburn
(Massachussets), el primer cohete de combustible líquido del mundo.
Esta proeza fue superada, por un escaso
margen, por el alemán Johannes Winkler, que el 21 de febrero de 1931 lanzó un
cohete cerca de Dessau; estaba propulsado por metano y oxígeno líquidos. Aunque
en esa ocasión apenas superó los 3 m de altura, tres semanas después alcanzó
una altura de 90 m, tras ser equipado con estabilizadores.
Johannes Winkler.
También los soviéticos progresaban en el
dominio de la cohetería. El 17 de agosto de 1933 se lanzaba en Moscú el GIRD
09, que empleaba como propulsores oxígeno líquido y gasolina gelatinizada, y
alcanzó una altura de unos 400 m. El GIRD X, primer cohete soviético de
combustible enteramente líquido, alcanzó casi 80 m el 25 de noviembre de 1933.
Debe señalarse que Goddard en Estados
Unidos, a pesar de trabajar con fondos mucho más limitados, alcanzó también
logros con cohetes girocontrolados, y resulta interesante comparar los
progresos durante este periodo.
El Ingeniero Norteamericano instaló en
1932 un giróscopo de 10,2 cm en un cohete, con su eje de giro en el eje
longitudinal del segundo. El eje de giro del giróscopo permanecía vertical, y
cuando el ingenio se desviaba 13 grados de la vertical se cerraban contactos
eléctricos que desencadenaban una acción rectificadora: una de las cuatro
aletas aerodinámicas se abría, y simultáneamente se interponía en el chorro de
gases una de las cuatro aletas deflectoras.
Aunque el primer lanzamiento, el 19 de
abril de 1932, fracasó por la pérdida de empuje del motor, y, se alcanzó tan
solo una altura de 40m aproximadamente, bastó para observar el efecto
estabilizador del giróscopo. Cuando el equipo llegó al lugar en donde había
caído el equipo, observó que los deflectores estaban intactos, indicio de que
habían funcionado.


Este precursor norteamericano de la
cohetería llegó aún más lejos. En el verano de 1937 lanzó con éxito un cohete
en el que el control se efectuaba mediante una junta universal, y que alcanzó
una altitud de 626 m, aunque el vuelo se malogró por la apertura prematura del
paracaídas. Su longitud era de 5.6 m y contaba con una pieza de cola móvil,
depósitos de combustible sujetos mediante alambres y un barógrafo a bordo.
A fines de la Segunda Guerra Mundial,
los aviones polimotores alcanzaban un techo de tan solo 10 Km, y los globos
sonda científicos eran capaces de elevarse, en el mejor de los casos,
únicamente a 32 km (en 1952 y posteriormente durante el Año Geofísico
Internacional, se lanzaron en Estados Unidos cohetes sonda con instrumentos
desde una altitud de 30 km, a la que fueron elevados los globos; estos ingenios
conocidos como rockoons, trasladaron cargas de 9 kg a altitudes del orden de
100 km).
Al finalizar la guerra, los Estados
Unidos y la Unión Soviética contaban ya con los medios necesarios para penetrar
las capas superiores de la atmósfera y trasladar a ellas cargas de equipos
científicos considerables. Naturalmente se trataba del cohete V-2.
Con el fin de la guerra, los cohetes V-2
existentes y los componentes cayeron en manos de norteamericanos, soviéticos,
franceses y británicos. Los primeros, y en menor medida los segundos,
acometieron amplios programas para aprovechar el armamento capturado y alcanzar
los objetivos que se habían trazado los alemanes: la investigación científica
de la alta atmósfera mediante cohetes capaces de alcanzar grandes altitudes.
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